Ferran Adell

La fábula del tapiz

La fábula

Érase una vez, en un antiguo castillo situado en lo alto de una montaña, un grupo de artesanos que trabajaban en un gran tapiz destinado a decorar el salón principal. Aquel tapiz tenía que ser el más bello que nadie hubiera visto jamás, pero pronto surgieron disputas entre los distintos creadores implicados. Cada artesano defendía, con insistencia, que su aportación era la más determinante para el éxito final.

Los maestros dibujantes, que definían los patrones y las figuras, insistían en que sin una idea clara y un concepto sólido, todo lo demás carecía de sentido. «¿De qué sirve un tejido resistente sin un dibujo atractivo que capte la atención?».

Al mismo tiempo, los tintoreros, responsables de los colores vivos y armoniosos, defendían que la belleza visual era lo que realmente emocionaba. «Sin los colores adecuados, ningún dibujo ni textura llegarán jamás al corazón de quien contemple la obra».

Por último, los tejedores, encargados de entrelazar los hilos en el telar siguiendo el patrón establecido y los colores definidos, afirmaban que sin ellos no habría tapiz alguno: «¿Qué sentido tiene una imagen bella si se desgarra al primer tirón?».

Viendo las continuas discusiones, un joven aprendiz, que aún no había escogido oficio, decidió intervenir. Había aprendido bastante de cada disciplina, pues observaba y escuchaba con atención día tras día. No era todavía un experto, pero sabía lo suficiente como para entender que el valor del todo no era posible sin el valor de las partes.

Decidido a resolver las disputas, el joven aprendiz convocó a todos los artesanos al punto más alto del castillo, desde donde se podía ver perfectamente el tapiz en construcción. Allí, desde una nueva perspectiva, les hizo ver algo crucial: todos tenían razón, pero solo en parte. Les mostró cómo el tejido, sin un dibujo claro, no transmitía nada; cómo el dibujo, sin colores vivos, no emocionaba; y cómo los colores expresaban mucho más cuando formaban parte de un diseño conjunto.

Finalmente, los artesanos comprendieron que todas las partes eran indispensables, y que solo uniéndolas con equilibrio, armonía y una mirada integradora podían crear algo realmente excepcional.

Desde aquel día, cuando surgía un problema complejo, siempre pedían la visión del aprendiz, alguien capaz de ver la belleza y la fuerza en todas las disciplinas, para crear obras extraordinarias.

La experiencia

Recuerdo perfectamente cuándo oí hablar por primera vez del Grado en Multimedia de la UOC. Yo estaba en una etapa de cambio, buscando unos estudios que se ajustaran mejor a mi perfil personal, eminentemente interdisciplinar. Desde el primer momento pensé: caramba, qué bien que por fin alguien haya entendido la importancia de formar profesionales que se desarrollen en la multidisciplinariedad creativa y tecnológica.

Puedo decir que, en mi caso con acierto, acabé en la Facultad de Filosofía, y puedo asegurar también que si hubiera conocido Multimedia unos meses antes, probablemente no habría sido así. Sea como sea, para mí, Multimedia es, en primer lugar, encaje. Encaje porque es el ámbito en el que se reconoce que también es importante formar profesionales curiosos, que quieren saber de todo, aunque eso implique renunciar a la máxima especialización en cada disciplina. Un perfil que me define a la perfección.

En segundo lugar, es familia. Una familia no biológica, ni política, sino forjada. Forjada en la coincidencia de un entorno profesional como la UOC, que ya invita a ello, pero también forjada con la atención al detalle y el cuidado por los demás. Un equipo que trasciende las fronteras laborales para ocupar un espacio en el terreno personal y emocional de quienes lo formamos. Un equipo que crece y que gana fuerza con cada nueva incorporación; porque el equipo, como una hoguera en una noche fría, acoge y contagia su calor, su forma de hacer.

Es también respuesta. Respuesta a un ecosistema digital que necesita, de forma imperativa, profesionales capaces de aglutinar disciplinas; de servir de enlace entre elementos a menudo discordantes; de ser como el aprendiz de la fábula y mostrar a los distintos “especialistas” la importancia que tienen unos para los otros. Respuesta a un ecosistema que, demasiadas veces, se pierde en las particularidades de la propia disciplina, olvidando las virtudes y aportaciones del resto.

Y, sin duda, es adaptación al cambio. Un cambio que, si afecta de forma clara a las disciplinas específicas, afecta aún más a los perfiles curiosos de Multimedia: la necesidad de adaptarse a la evolución conceptual y filosófica del ecosistema, a la transformación tecnológica de cada disciplina, a los nuevos cambios de paradigma como el de la inteligencia artificial generativa (de la cual queremos ser aliados y no rivales), etc.

Para terminar, y de forma ineludible para quien firma este texto, Multimedia es para mí horizonte. Un horizonte que miras, te acercas y se aleja, cambia, se mueve, te adaptas y vuelve a moverse, dibujando un dulce camino que se reconfigura a cada paso.